ALGO DE VOS LLEGÓ HASTA MÍ

Al ángulo

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Por Santiago Tuñez

Algo cambió en ese momento. O, mejor dicho, se terminó. “¡Poné ESPN. Dale, apurate!”, avisó mi hermano Gabriel por teléfono. Y la pantalla del televisor devolvió, unos segundos después, el fin del fútbol de autor. De una manera cerebral de entender este juego. De vivirlo y expresarlo con convicciones dentro y fuera del césped. De jugarlo.

Ocurrió una noche de domingo, hace cinco años, cuando Juan Román Riquelme anunció su retiro. La noticia, imprevista como sus asistencias, llegó luego de 18 años de rodaje en el fútbol. Y fue, al instante, un cross directo a la mandíbula. Como muchos, no me esperaba su despedida. Todo lo contrario: lo imaginaba unos meses más en cancha tras el ascenso con Argentinos Juniors. De ahí que haya costado aceptar su adiós. Y cueste, aún hoy, por momentos.

¿Por qué se hace difícil tolerar esa ausencia? Muy sencillo: algo de Román llegó hasta mí. Quizás por ser contemporáneo, o su timidez de los primeros tiempos con los periodistas. En lo futbolístico, la identificación fue inmediata después del estreno en Boca, allá por noviembre de 1996. Y más aún con sus fulgores en los juveniles que dirigía José Pekerman. Ya se lo veía un 10 distinto. Un sastre especializado en trajes de alta costura.

Si los mejores días xeneizes fueron riquelmistas, pienso que hay tres momentos infaltables en cualquier repaso. La clase de arte premoderno ante River, en la Copa Libertadores de 2000, con caño incluido a Mario Yepes. Luego, la noche en que puso la pelota bajo su pie derecho y le indicó a Real Madrid los tiempos de la final intercontinental. Y por supuesto, su paseo elegante contra Palmeiras, mientras hervía el Parque Antártica.

A la huella personal, Riquelme le sumaba su conexión con los compañeros. Nada de egoísmos. Buscaba los caminos despejados para los laterales, tocaba con el 5, encontraba los mejores perfiles para el desborde de los extremos, soltaba asistencias quirúrgicas a los goleadores… Y aportaba, sobre todo, dos recursos en peligro de extinción: la pausa y el cambio de frente. En su disco rígido, como Jorge Valdano dijo alguna vez, guardaba “la memoria del fútbol de todos los tiempos”.

Hay recuerdos interminables en azul y amarillo. Y también, en celeste y blanco. Asoma su joya desde fuera del área ante Brasil. La sociedad de alto vuelo con Messi en la Copa América 2007 y los Juegos Olímpicos de Beijing. Y su producción fantástica contra Serbia y Montenegro, en el Mundial de Alemania. Sí, aquella goleada 6-0 en la que acertó el 99% de sus pases y fue elegido el Mejor Jugador del Partido por la FIFA.

Nada, sin embargo, puede compararse con su juego reluciente en la Copa Libertadores 2007. Y en esta elección, admito, influye un tema personal. Mientras intentaba desactivar una depresión, las noches de Riquelme me ayudaban a frenar el disco rayado cerebral. Apagaban ciertos pensamientos. Le ponían luz a mis tiempos más oscuros. Y sus goles, en aquella crisis, eran un desahogo. Como su grito contra Libertad, pese a un desgarro en el muslo derecho. O los tiros libres contra Cúcuta y Gremio, en la definición del título. Cada noche riquelmeana, confieso, me devolvían las ganas de encontrarle sentido a la vida.

Está ese agradecimiento por las noches mágicas de 2007. Y también, la admiración por la defensa de sus convicciones. No sólo en el juego, sino también en el ida y vuelta con cierto tipo de periodismo. Lo señala Fernando Signorini en el libro El Caño más Bello del Mundo. “Román genera algo que logran muy pocos: el respeto. Hasta se ve en su propia manera de plantarse”, dice el preparador físico. Y subraya: “Sigue defendiendo a muerte esa posibilidad que tiene un chico, salido de un barrio pobre, con poquísimas posibilidades, de ascender hasta donde él ascendió, y sin embargo no hacerle el juego al sistema”.

A cinco años del retiro de Riquelme, sobresale su legado. «El respeto absoluto por la pelota», como me dijo el escritor Diego Tomasi, autor del libro mencionado. Esa herencia, de todos modos, no llena el vacío. Se extraña su fina estampa. Su clase. Su linaje.

Queda aceptar, aunque sea difícil, que Román ya no está en el césped. Y recordarlo todos los días… Porque un jugador nunca se olvida.

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