EL WATERLOO DE GALLARDO

Al ángulo

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Por Enric González / Para El País

¿Por qué Napoleón fue derrotado en Waterloo? Hay quien piensa que la lluvia fue decisiva. El despliegue de la artillería de campo francesa, la mejor de la época, fue retrasado durante horas porque las piezas se hundían en el barro, y cuando por fin comenzó el cañoneo resultó bastante ineficaz: en lugar de rodar y hacer estragos en las filas de Wellington, los proyectiles eran absorbidos por el barrizal. Podría decirse, entonces, que el azar meteorológico decidió el destino de Europa.

Pero un determinista no aceptaría lo del azar: recordaría que el 10 de abril de 1815, a unos 12.000 kilómetros de distancia y dos meses antes de la batalla, el volcán indonesio Tambora había estallado en una erupción violentísima (tan brutal como la del Taupo 18 siglos antes) y había causado una modificación climática que duró dos años en el hemisferio norte, hasta el punto de que en 1816 no hubo verano. Llevando el razonamiento a su conclusión lógica, un determinista diría que un remoto volcán acabó con Napoleón Bonaparte.

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El mismo determinista podría afirmar que Marcelo Gallardo, técnico de River Plate, considerado el más fino estratega futbolístico de América Latina, fue derrotado por la corriente de Humboldt. Esa corriente enfría el mar frente a Lima, genera una inversión térmica y provoca humedad y neblinas, casi nunca lluvia, en la capital peruana. Los futbolistas de River, que ejecutaron a la perfección el plan maestro de Gallardo para asfixiar a los rivales de Flamengo, se vieron asfixiados a su vez en los últimos minutos del partido por el peculiar clima limeño. Ahora bien, la final de Libertadores se disputó en Lima porque en Santiago de Chile, donde estaba previsto que se celebrara, había disturbios. ¿Fue la política chilena la causante de la derrota de Gallardo?

La búsqueda de explicaciones podría dilatarse casi hasta el infinito. O acabarse enseguida, localizando los errores decisivos del estratega. En Waterloo, Napoleón envió al mariscal Grouchy a perseguir a los prusianos, y no tuvo a mano sus tropas cuando las necesitó. Luego envió a su queridísima Guardia Imperial contra el centro de la formación de Wellington, sin saber que la enviaba al desastre: había fusileros ingleses ocultos.

En el estadio Monumental de Lima, Marcelo Gallardo tuvo equivocaciones parecidas. La primera, hipotética, la de sustituir al lateral Casco, fundido y al borde de la roja, por otro lateral, Paulo Díaz; probablemente, a falta de tan poco tiempo y quedando tan poco fuelle, habría resultado más útil un fajador veterano como Ponzio. La segunda, empíricamente demostrable, fue la de recurrir a Pratto en los últimos minutos en lugar del agotado Borré.

Lucas Pratto, el Oso, viejo trotamundos del fútbol (Defensores de Cambaceres, Boca Juniors, Tigre, Lyn Oslo, de nuevo Boca, Unión de Santa Fe, Universidad Católica de Chile, Génova, Vélez Sarsfield, Atlético Mineiro, Sao Paulo y River Plate), héroe de la final del Bernabéu contra Boca, es un fetiche de Gallardo. Como la Guardia Imperial lo era de Napoleón. Medio lesionado, apenas utilizado en los últimos meses, Pratto se convirtió en la apuesta del técnico: más que como delantero, debía ejercer como el defensa más adelantado y apretar a Flamengo en su propia área.

El fracaso de Pratto, que en un error tonto, cuando el encuentro terminaba, permitió la galopada que llevó al empate de Flamengo, fue el fracaso de Gallardo. Hubo algo hermoso, sin embargo, en ese gesto de fe del técnico en un futbolista que en otras ocasiones le dio tanto. La Guardia Imperial fue masacrada en Waterloo, pero sus supervivientes nunca dejaron de venerar a Napoleón. Parece improbable que ahora flaquee la devoción de los jugadores de River hacia su famoso técnico: incluso cuando les falló, lo hizo porque confió demasiado en ellos.

 

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