Mis lesiones me condenan

A un toque

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La frase se escuchó en el anuncio de su triste despedida. “Es difícil cuando la cabeza piensa que podés eludir a un zaguero y tu cuerpo no lo consigue”, lamentó Ronaldo en tono entrecortado. Y mientras sus lágrimas eran el primer plano de todos los televisores, recordó su dolorosa ficha clínica. “Todos saben mis lesiones: de una pierna para otra, de un músculo para otro… Y eso me hizo anticipar el final. Quería explicarlo en el último día de mi carrera”.
Podría entenderse, entonces, que Ronaldo prefirió ponerle stop a su vida futbolera antes que luchar en un consultorio. Sería una lectura simple. El Fenómeno siempre puso el cuerpo. Incluso, en abril de 2000, cuando sufrió la rotura del tendón rotuliano de la rodilla derecha. La peor lesión de su carrera, y en la que los médicos tuvieron graves incógnitas sobre su vuelta.
Aquella historia fue escrita por el periodista John Carlin, en el libro Los Angeles Blancos: “Durante los días siguientes a la operación, los dolores eran tan intensos que Ronaldo se vio obligado a utilizar una bomba que liberaba morfina directamente en su flujo sanguíneo. Una mañana, en el hospital de París, sus gritos despertaron al fisioterapeuta Nil Petrone. ‘Estaba llorando como un niño. Me gritaba: ¡dime que voy a volver a jugar! ¡Dimelo, por favor!’. Petrone hizo todo lo posible por tranquilizarlo. ‘Estoy absolutamente seguro de que volverás a jugar’, dijo a Ronaldo. Años más tarde, sin embargo, confesó que ‘la verdad es que nunca tuve ninguna certeza’”.
Al cabo, Ronaldo volvió en diciembre de 2001. Y seis meses después, fue campeón del mundo con Brasil, goleador de Corea-Japón 2002, y marcó los dos gritos en la final contra Alemania. Nada más. Nada menos.

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