La noche de los Cristales Rotos

A un toque

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Por Geoff Hernández

Era el 7 de noviembre de 1938. Probablemente, un día normal en la romántica e inigualable París. Todo se desenvolvía con regularidad, hasta que Herschel Grynszpan fue traicionado por sus demonios y su ignoto deseo de contrarrevolución. Encendió la llama del nazismo, asesinando a Ernst Vom Rath, embajador de Alemania en Francia. Sus coterráneos judíos-bávaros conocerían la furia hitleriana, en los centenares de ataques tanto contra las sinagogas establecidas en tierras teutonas, como contra las austriacas. En las vías de cualquier autopista de Munich, se observaba el espíritu judaico en forma de vidrio, arrojados en el suelo.
El arte está en lograr la analogía de la historia con el partido del martes. Fue un escándalo lo que se vivió en el Allianz, pues no es el simple hecho de analizar la goleada, sino recalcar la facilidad con que el Bayern obturó todos los caminos que lo llevaron al triunfo. La orden del alto mando muniqués fue destruir en mil pedazos la hegemonía futbolística que había tomado el reinado de Europa, y qué forma más gótica-dramática de hacerlo que frente al rival iniciador de la leyenda, no bastando eso, secuestrando los recursos y la tacticidad que situó alguna vez al Barcelona, como el mejor equipo de la historia. Ayer, el Bayern fue el Barça de 2009.

Bayern1
Transcurrían los minutos, el cielo alemán sonreía y los hinchas extasiados, sedientos de gloria también, claro, conocían a plenitud el desarrollo del guión que se escribió en los lugares celestiales para este partido de Champions. El Barcelona se presentó a la guerra con todas sus armas, pero de reservas. Sin gasolina, pues el maltrecho caminar del equipo en guerras pasadas les obligó a utilizar todo el combustible. Tácticamente, se creían inferiores. Emocionalmente, también. Veían en el Bayern, lo mismo que vio David en Goliat.
La premisa era salir vivos, y nada más. Aguantar el huracán rojo, y recurrir a la genética suprema de Iniesta o Messi para mantener viva la eliminatoria. Nada de esto ocurrió y la maquinaria bávara atropelló el alma culé. Es que el problema no está en perder un partido, la síntesis del fútbol es ganar o perder, el drama se anexa cuando pisotean, envían al pasado, y destierran en una sola noche, la filosofía que tantas alegrías le dio al fútbol contemporáneo.

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¿Transgresión lacaniana? ¿Sepelio de una dinastía? ¿Inicio de un nuevo reinado? Ubique de la forma que desee el orden de sus cuestionamientos, lo cierto es que ha llegado el momento del renacer blaugrana, de desempolvar la teoría de Sigmund Freud y apelar a la retrospección. Analizar las derrotas, que han sido bastantes este año, dejar a un lado la autosuficiencia fundamentada en La Masía, y entender que el fútbol actual los obliga a fichajes de alta envergadura. Aún están a tiempo de reorganizar, pues en algún viejo libro, Spencer Johnson dictó una frase lapidaria, y correcta sobre cualquier fase de la vida: “Si no cambias, te extingues”, simple.
¿Quién dice que la aristocracia no existe en el fútbol? Anoche, el viejo modelo culé, del falso nueve, de la posesión eterna, y que llegó a lo más alto del fútbol mundial con el trébol de Guardiola, cedió su reinado al Bayern de Jupp, ese equipo volátil, de presión asfixiante, que bascula de forma sinfónica y excitante a la vista. En fin, el mismo que le metió cuatro al Barcelona. Tendrá que ganar la Champions para que se consolide el reinado, pero sin lugar a duda, hoy por hoy, no hay equipo que produzca más felicidad que los de Munich.
23 de abril de 2013, en las vías de cualquier autopista de Munich, se ve el espíritu culé y barcelonista en forma de vidrios, arrojados en el suelo.

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