MATÍAS ALMEYDA: DIEZ FRASES SOBRE SU DEPRESIÓN Y LA SALUD MENTAL EN EL FÚTBOL

A un toque

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Por Santiago Tuñez

A los 48 años, Matías Almeyda vive su primera experiencia como DT en Europa. Dirige al AEK, de Atenas, después de haber pasado por Chivas de Guadalajara, San José Earthquakes y Banfield. Una hoja de ruta que comenzó en aquel ciclo vertiginoso con River en la B Nacional. Cuenta que en Grecia consigue carne de Azul -su lugar en el mundo- y ya conoció el Partenón. “El fútbol vale si te permite ser feliz y te ayuda a abrir la cabeza”, reflexiona en una entrevista con el diario La Nación.

Vaya si Almeyda entiende de emociones y pensamientos. Acaso sean los temas que más lo han movilizado. Hace más de una década, se animó a hablar de la depresión y la salud mental de los futbolistas. Y ahora retoma esas cuestiones luego de la detención de Ezequiel Cirigliano, a quien dirigió en el club de Núñez, en medio de graves problemas anímicos. Aquí, diez frases del Pelado sobre el proceso que oscureció sus días y del que emergió con apoyo terapéutico. La autodestrucción, el abatimiento y las problemáticas del ser humano que corre detrás del cuero redondo.

“Mi hija más grande tenía problemas en el colegio: estaba nerviosa y distraída. Le pidieron que identificara a cada integrante de la familia con un animal. Yo era un león viejo, que estaba siempre triste y tirado. Eso me mató”.

“Cuando entrás en depresión, ya no sos vos y no valorás al de al lado. No valorás nada. Te encerrás, no te querés ni a vos mismo, entrás en una autodestrucción. De la mejor manera que me sentía era acostado. Acostado y con los ojos cerrados”.

“Creo que la depresión la tuve siempre y la detecté recién a los 26 o 27 años, pero nunca quise tratarme por un profesional. Tuve que dejar el fútbol para entender que no podía seguir así”.

“Hice un montón de cosas que no hay que hacer, como dañarme el cuerpo, la mente… Los malos pensamientos, dar lugar a la mala gente que se arrima. No te das cuenta, pero te autodestruís”.

“Dentro de la depresión buscaba el alcohol como un escape, entonces no era yo. Me di cuenta porque empecé a tener problemas con Lu (Luciana, su esposa), decía muchas pavadas. Estábamos en un asado, ella traía la comida y siempre mi vaso de vino estaba lleno. Me sacaba la copa y eso me ponía loco”.

“La mayoría de los futbolistas padece momentos de depresión cuando se retira. Queda triste y desde ese lugar hay que ayudarlo. El teléfono suena hasta que dejás de jugar. Ahí empiezan a pasar un montón de ratones por la cabeza y, si no estás bien preparado, terminás mal”.

“Hace años que digo esto y nunca fui escuchado, sino minimizado. Y hablaba con profundidad porque me pasaba a mí y porque veía a un montón de compañeros con problemas anímicos. Estos temas se tocan solo cuando hay algún suicidio, y después, otra vez silencio”.

“Al asumir como entrenador llevé a River a un biólogo muy reconocido mundialmente, porque quería que analizara las mentes y les explicara a los jugadores el funcionamiento del cerebro. Pero en el fútbol no conviene formar, ni educar”.

“Cuando se detecta a un futbolista con depresión, no se lo cuida ni contiene con la misma vara. ¿Por qué no puede decir que es depresivo mientras juega? No faltará el que lo señale: ‘Ojo, ojo que es depresivo’, y así se podrá explicar si jugó mal. Eso es meter mierda y no ayudar”.

“Todos los días se podría estar ayudando, y no sólo con un psicólogo. Psicólogo ponen todos por obligación, pero sin convicción. Es más profunda la problemática. Hay que preparar de verdad al ser humano, no al jugador de futbol, que es un rato”.

 

 

 

 

 

 

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