La balada del fracaso de un líder

Al ángulo

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Por Geoff Hernández (@geoffhernandez)

El liderazgo efectivo es el nivel más alto al que un hombre puede aspirar. La historia tiene su propio salón de la fama para aquellas personas que entendieron el concepto y la esencia de ser un líder, y a quienes se atrevieron a transferir satisfactoriamente una idea a un grupo determinado de personalidades. La línea que divide el éxito y el fracaso en esta área es tan mínima, que muchos la saltan sin darse cuenta. Ya sea por desconocimiento, por mala utilización de los recursos existentes o por la supremacía ideológica de quién presidía.

Este texto debió ser publicado el día después de la derrota de Venezuela contra Brasil, pero el hecho de no querer sonar oportunista propulsó la espera. La involución salvaje y desmedida que mostró el seleccionado venezolano luego del último triunfo en competición oficial – 14 de junio de 2015 – no llegó como consecuencia de la multiplicación de errores. Todo lo contrario. Los errores entraron en el guión vinotinto desde que la incredulidad sustituyó la fe del jugador, y la confianza construida en el panorama internacional en los últimos años se desplomase como los precios del petróleo.

 

Y todo inicia desde el líder. La cabeza. Cualquier teoría que no afirme esto, es partidista y proselitista. El cuerpo humano es la metáfora perfecta para entender la dificultad del liderazgo en el fútbol. Cada movimiento, cada recuerdo, cada sentimiento que nos empuja a ser quienes somos, es el resultado de un complejo proceso químico que empieza en nuestro laboratorio de decisiones. El cerebro es nuestro líder, sin él, no existiríamos. Y sin un líder, un equipo de fútbol, tampoco.

Noel Sanvicente, el protegido del pueblo, llegó a la selección con un currículo intachable de éxitos en el fútbol local, y reconocimiento internacional. Con la promesa de convertir a Venezuela en un equipo competitivo, de ritmo vertiginoso y con una idea clara. Todo a partir del compromiso. La receta perfecta para el éxito. Lástima que el camino para transformar las palabras en hechos concretos en el fútbol sea más extenso y complicado que en la vida misma.

Los errores entraron en el guión vinotinto desde que la incredulidad sustituyó la fe del jugador, y la confianza construida en el panorama internacional en los últimos años se desplomase como los precios del petróleo”.

El triunfo contra Colombia fue el único momento que vimos cómo pudiese haber sido La vinotinto de Sanvicente, agradable a la vista, cimentando el crecimiento a través de las bases que dejó el proceso de Farías. Una selección sólida en defensa, que iba ganando en confianza a través de la posesión, de la solidaridad, y de la eficacia que pudiese tener en ataque. Frenar en seco a una selección cuartofinalista del Mundial en Brasil decía que sí era posible evolucionar. Estaban los recursos, los jugadores, el ritmo de competición y sobre todo –el mayor y más hermoso intangible del fútbol – la fe. Y es entonces cuando la pregunta kafkiana hace su aparición en el escenario de la duda. Como diría aquella vieja balada de Témpano: ¿Qué nos pasó?

La respuesta a este interrogante debe ser el manual de protección para el personaje encargado de gerenciar el próximo ciclo de la selección venezolana. Nunca una idea o un líder pueden estar por encima de la armonía de un grupo. Es el beso de la muerte. Y desde el momento en que el mejor jugador de la historia de nuestro país, el capitán Juan Arango, dio un paso al costado de una forma injusta, no honorable, y lejos de lo que merecía, se podía inferir que algo no estaba bien. Cada líder necesita un general. Un puente entre la idea y quienes ejecutan.

 

Ese principio lo manejó Farías a la perfección. Y ojo que no vengo a venerar un proceso que debió ser también castigado de forma vehemente por la prensa como el de Sanvicente. En sus horas más oscuras, lo que sostuvo el proyecto Farías cuando el fútbol no daba resultado fue la seguridad y la fe que su General le transmitía al resto de soldados. No es caudillismo, es valorar jerarquía. Y era lógico prever, que sin su General el ejército vinotinto quedaría desnudo y desamparado, como lo afirmó Vizcarrondo en las últimas horas: “No sabemos cómo vamos a acomodar esto”.

Hay un adagio popular que ronda el fútbol que reza: “Hay entrenadores de selección, y hay entrenadores de equipos”. No creo eso, lo que sí creo es que hay líderes genuinos, y hay aspirantes a líderes. Sanvicente, en su lamentable monólogo postderrota contra Ecuador, demostró que nunca se preparó en áreas vitales que van más allá del fútbol. La capacidad para enfrentar la adversidad, su postura frente a la prensa, la coherencia dialéctica y la autocrítica son factores primordiales que no se aprenden en una tablilla da anotaciones tácticas. Y que son vitales al momento de querer el éxito como director técnico de una selección nacional tan exigente como Venezuela.

 

La aprehensión de Esquivel y su romance con la corrupción, la nefasta actualidad del fútbol venezolano, y finalmente la explosión de la burbuja en la que estaba inmersa la selección nacional de mayores, nos grita que es inminente una reforma del sistema futbolístico. Todo ocurrió en un periodo de tiempo inimaginable, lo que se construyó a trompicones en casi dos décadas, en solo un año se destruyó. Así es el fútbol. Así es la vida.

¿Cómo reaccionarán aquellos que lideran la FVF? A partir de su reacción –si es correcta– podremos ir colocando suturas en las heridas que se produjeron en los guerreros que nos ilusionaron, que nos llevaron a competirle cara a cara a las selecciones más fuertes del mundo, y que nos obsequiaron momentos hermosos que aún producen sonrisas al recordarlo.

 

Este episodio traumático que viven los jugadores de Venezuela será superado con una intervención. Un cambio profundo. En la vida, y sobre todo en el fútbol, a veces es necesario un huracán que destruya todo para poder reconstruir. Como el Barcelona de Martino. El aprendizaje de esta época será vital para los próximos 20 años.

Cada cierto tiempo es necesario el fracaso, cada cierto tiempo se debe ir al principio del éxito, la humildad, y cada cierto tiempo hay que reescribir estas historias que nos enseñan ‘La balada del fracaso de un

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