SER LABRUNA

A un toque

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Por Natalia Labruna

Mi abuelo Ángel solía decir que River era su vida, y para mí, mi abuelo y River son una misma cosa. Mi vínculo con el club va más allá del sentimiento del hincha, de si el equipo gana o pierde. Esta fue su casa, como lo es todavía de mi papá, Omar. Y aquí, en los pasillos del Monumental, y en este Museo, su nombre y su imagen están bien vivos.

Cuando él se fue, el 19 de septiembre de 1983, yo tenía un año y medio apenas. Así que, como le pasa a muchos, me fui construyendo su imagen a partir de los relatos de quienes lo conocieron. Y todos esos relatos están atravesados por River. Cada día alguien me cuenta alguna anécdota, algún recuerdo sobre él, todos los recuerdan con mucho cariño y admiración. Desde el Beto Alonso a Amadeo Carrizo, pasando por todos los que alguna vez lo trataron. Sobre él y sobre mi abuela Ana, a quien también recuerdan con tanto cariño.

Hubo veces, sobre todo cuando era más chica, en que sentía ganas de cambiar esos relatos de los otros por los recuerdos propios. De pasar una tarde con él aunque fuera un perfecto desconocido. Pero creo que sería muy egoísta de mi parte. Hoy, mis hijos, pequeños ellos, pueden conocer a su bisabuelo gracias a la estatua que ven cada vez que pasamos por la puerta del Museo y, también, por el relato de los otros.

Mi hijo más grande, de cinco años, se me acercó hace unos días y me dijo: «Mami, quiero que Ángel baje del cielo y me enseñe unos trucos para jugar al fútbol, porque él era un gran jugador».

Así que seguiré conociéndolo, como hoy aquí con estas imágenes y estos recuerdos, y seguiré sintiendo por él todo el cariño de la gente; de River pero también de los otros clubes donde dirigió y donde no, porque el respeto parece unánime. Y si pudiera bajar, aunque sea un instante, me encantaría verlo jugar con sus bisnietos, enseñándoles algún truco para jugar mejor al fútbol.

 

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