LA VIDA ES UNA TÓMBOLA

A un toque

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Por Santiago Tuñez

“Por el hecho de haber ganado algunas batallas futbolísticas o por defender a la gente como quiero defenderla, no me creo un mito de la sociedad. ¡Pero les agradezco! ¿Sabés lo que pasa? Que acá, para los argentinos, si morís, sos un fenómeno, ¡pero no les voy a dar el gusto! No tengo que morirme a los 38 años para ganar un consenso general. ¡No, ¿para qué?!”

En abril de 1999, Diego Maradona era el personaje de tapa de la revista Rolling Stone. Hablaba de sus comparaciones con Evita y Gardel. Y confesaba, entre otras cosas, los efectos de sus noches de exceso. “Si yo hago cosas malas para mi cuerpo, es como estar eligiendo la muerte”, admitía el ex futbolista, mientras su autodestrucción se notaba en un rostro deprimido. “Pero no quiero morir para nada, ¿eh?”, insistía, rápido, cuando se lo consultaba en el reportaje sobre los riesgos de ese estilo de vida.

Hasta se animaba a definir el punto de inflexión que archivaría sus adicciones peligrosas. “Es cuestión de ver crecer a mis hijas y alguien en quien yo crea me diga: ‘esto es así’. Me va a llegar mi tiempo. El Barba sabrá cuándo llegará el tiempo de ocuparme de mí”, confiaba a un año y medio de su despedida de los estadios, donde había sido lo más parecido a un Dios futbolero.

Y con Dios, precisamente, tuvo varios cara a cara por culpa de sus excesos. Lo gambeteó con su pique corto. Como aquel domingo 18 de abril de 2004, cuando fue internado de urgencia en la clínica Suizo Argentina con un grave cuadro de salud. Hubo rezos fuera del sanatorio y, también, dentro. Entre ellos, el de sus hijas Dalma y Gianinna, al lado de la cama.

Al cabo, le llegó el tiempo con el que fantaseaba en aquel reportaje. Recuperado de sus adicciones, se dio el gusto de dirigir a la Selección y el día de su cumpleaños número 60 lo encontrará como DT de Gimnasia. Una etapa en la que volvió a ser adorado como un mito viviente de la sociedad. Y confirmó el consenso general que, hace algo más de 20 años, intentaba alcanzar desde fuera de un cementerio.

“La vida es una tómbola”, le cantaría el francés Manu Chao, tal como hizo en uno de sus discos. Y el propio Maradona, feliz, completaría el estribillo: “Y arriba y arriba”.

 

 

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