Jefazo de toda la cancha

A un toque

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El sueño era el mismo mientras apenas poblababa su estómago con tostado de fideo y té. O se arrodillaba en un cuero de ovejas para realizar los ejercicios del colegio. En aquellos días de Orinoca, Evo Morales fantaseaba con ser como su ídolo de póster. Nada de llegar a la presidencia de Boliva. Y menos aún, ofrecer un discurso en la ONU. A los 13 años, se ilusionaba con copiar a Carlos Aragonés, el delantero que brilló en los 70 en el altiplano. Ese deseo, de hecho, lo impulsó a probarse en Oruro. Y por poco, no llegó a jugar en Primera.
De sus tiempos de adolescente, los habitantes de Orinoca recuerdan a Morales con una pelota en la mano. El fútbol, precisamente, prendió su vocación de líder. Así lo destacó Martín Sivak, en el libro Jefazo. “Lo primero que organizó en su vida fue el equipo de su comunidad. Se llamó Fraternidad y él se convirtió en capitán y delegado. Tenía 16 años cuando lo eligieron director técnico de todo su cantón. Con la lana de las llamas que esquilaba y con los zorros que cazaba, compraba pelotas y camisetas”.
Esa escena se repitió tiempo después en El Chaparé, una zona del centro de Bolivia donde se cultiva la hoja de coca. El fútbol resultó la vía de integración de Evo. “El domingo del debut, hizo varios goles y fue el mejor jugador del partido. Los lugareños empezaron a querer jugar con él, preguntarle por su vida, por cuánto se quedaría”, escribió Sivak. Muy rápido fundó su equipo, Nuevo Horizonte, con el que salió campeón del torneo del sindicato. Y las mujeres lo llamaron “Joven Pelotero”, porque a cada reunión llevaba un balón para jugar en el cuarto intermedio.
El fútbol dominó la vida de Morales. Y tuvo, como se ve, un peso fundamental en el inicio de su etapa de dirigente y líder sindical. Mucho más, a esta altura, que un rodillazo en los testículos de un rival.

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