Yo, el Supremo

A un toque

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Miércoles 17 de agosto de 2005. El estadio de Budapest lleva el nombre de Ferenc Puskas, un mito futbolero. Y su tablero verde alumbra, en el amistoso de la Argentina contra Hungría, el comienzo de la leyenda de este siglo. Con 18 años, un mes y 24 días, Lionel Messi se estrena en celeste y blanco. Lleva el número de su edad en la camiseta e ingresa por Lisandro López. Apenas dura un minuto y 32 segundos en cancha: un manotazo al defensor Vilmos Vanczák lo eyecta con tarjeta roja. La Pulga llora en la ruta hacia al vestuario y, allá a lo lejos, uno de sus compañeros discute con el árbitro. Es Gabriel Heinze, un nombre que, de ahí en más, verá su recorrido en el seleccionado y lo contendrá en los momentos turbulentos. El Gringo será testigo de su primer y único gol -hasta ahora- en un Mundial, su dolor infinito en un vestuario de Sudáfrica y el crecimiento de su liderazgo en el plantel argentino. Hoy, sin pantalones cortos ni botines, el ex defensor deja un análisis interesante sobre el viaje del crack en la Selección. Pasen y lean sus palabras, publicadas en el libro Messi, el patriota.

Lionel fue líder, a su modo, desde el principio. Líder en la cancha, con su obsesión por jugar. Nunca pidió la capitanía del seleccionado, sólo la asumió cuando entendió que era su momento. Y eso lo hace más grande, porque siempre actuó de la misma manera, transparente, sin segundas intenciones ni impulsado por las conveniencias. Se nota que no se lo perdonaría”.

Foto de Rich Schultz/Getty Images North America vía Zimbio

Foto de Rich Schultz/Getty Images North America vía Zimbio

 

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