Vivir en la bajeza

Al ángulo

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Dijo Humberto, irrespetuoso y falto de memoria: «Lo que me preocupa es que los mufas vinieron a ver el partido. Cuando los mufas se van… No vengan más, no quieren que gane la Selección». Remarcó Julio, furioso y desagradecido: «Te lo digo clarito, se fue el mufa y ganamos. Clarito, eh». La familia Grondona volvió a exponer su peor semblante. Con golpes bajos e innecesarios, castigó a Diego Maradona, presente en el Mineirao para ver el choque de la Argentina contra Irán. La acusación resultó inútil, y, sobre todo, injusta. Maradona, se sabe, filmó las películas más taquilleras de la Selección. Le dio una Copa del Mundo, un subcampeonato y varias escenas eternas. Su magia, también, hizo trepar el ascensor de Grondona y su gente hacia puestos de poder en la FIFA. Hoy, el fútbol argentino se desarma y sangra por decisiones de su presidente. Nada tiene que ver el Diez en esa realidad. El directivo podrá a cuestionarle que, hace cuatro años, chocó una Ferrari en Sudáfrica. No debería olvidar, sin embargo, que él le dio las llaves de esa máquina. Y al margen de las mentiras y las traiciones, Maradona dejó una base de nombres que ahora es titular en Brasil. El cartel de mufa nunca brillará en su cuerpo. Sí lo harán sus goles, los recuerdos, los títulos. Más allá de su impunidad, los Grondona -padre e hijo- se quedaron sin luces. Hace tiempo viven en la oscuridad moral.

Grondona equivocó el camino contra Maradona. Foto de Lalo Yasky / Getty Images Vía Zimbio.

Grondona equivocó el camino contra Maradona. Foto de Lalo Yasky / Getty Images Vía Zimbio.

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