Veinte años de soledad

No te olvidés

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Su cuerpo rebosaba de satisfacción. Ya no había frustraciones, tampoco daños coletarales de sus noches de excesos. Los ejercicios en triple turno y los pies adheridos sobre la cinta de correr habían encendido su motor. Al fin, resistía golpes, patadas y empujones de los rivales. Soltaba asistencias quirúrgicas a Caniggia, diseñaba paredes de alto vuelo con Redondo, trazaba rabonas y hasta horneaba la pelota en un córner para cocinar el partido contra Nigeria. Era una tarde fantaseada en la vida de Diego Maradona. Fue, al cabo, su caída en celeste y blanco. El doping positivo y la suspensión de 15 meses lo eyectaron por siempre del seleccionado. “Jugué con el alma, con el corazón. Todos saben que para jugar no hace falta la efedrina”, sostuvo en su defensa mediática. Aquel sábado 25 de junio de 1994, llegó el punto final de su obra con el seleccionado. Su currículum concluyó en 91 partidos y 34 goles. No hubo más juegos, ni gritos eternos del Diez con la camiseta argentina. Sus brazos quedaron caídos. Su alma, destrozada. Y la pelota, a la intemperie. Desde hace 20 años, como escribió Eduardo Galeano días después en Página 12, todos nos sentimos un poco más solos.

 

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