RECUERDOS QUE NO VOY A BORRAR

No te olvidés

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Por Santiago Tuñez

“A esta camiseta la queremos cada vez más y no nos gusta sacárnosla para nada. Yo la usaría todo el tiempo”, decía Cholo Simeone, luego de sumar millas con su recorrido por la mitad de la cancha. “Tenía ganas de jugar, aunque no pensaba en que iba a ser titular. Mi primer objetivo era ser convocado y, después, trabajar para estar entre los 11. Pero se dio todo muy de golpe”, aseguraba Gabriel Batistuta, el chico de la tapa por su efectividad en la red. “¿Sabés lo que me dijo Caniggia el otro día, luego de una práctica? ‘Me siento cómodo jugando con vos, fiera. Sos rápido y tenés cambio de ritmo’. Como para no agrandarme, pero en el buen sentido”, soltaba Leo Rodríguez, pleno de orgullo tras escuchar el elogio del Pájaro.

Era el invierno de 1991 y la Selección buscaba archivar las fotografías tristes del Mundial ’90. Quería olvidar las lágrimas de Maradona luego de la derrota contra Alemania. La bronca de Bilardo y compañía por el segundo puesto. El fin de una generación gloriosa. Y vaya si lo hizo en la Copa América de Chile. Aquel equipo que dirigía Coco Basile quedó en el inconsciente colectivo por el título y, sobre todo, su juego mezcla de prolijidad, aceleración y contundencia. Un fútbol de alto vuelo.

El plantel argentino que ganó la Copa América de Chile en 1991. Foto publicada en la edición de El Gráfico.

El plantel argentino que ganó la Copa América de Chile en 1991. Foto publicada en El Gráfico.

El penal de Andreas Brehme en la red argentina había señalado la ruta del adiós para Checho Batista, Giusti, Olarticochea y Burruchaga, entre otros nombres ochentosos de la Selección. Molesto por las manos oscuras de la FIFA, Maradona había colgado por un tiempo su manto sagrado. Y Bilardo ya no diseñaba esquemas para el equipo en los pizarrones. Entonces, hubo cambio de envase y contenido. Todo al mismo tiempo. Llegó Basile como entrenador y movió el joystick en el plantel. Goycochea, Ruggeri y Caniggia treparon en la cadena de mando.

La lista de la Copa América se enfocó en nombres del fútbol local, sobre todo de tres equipos. De River, el DT apostó por Astrada, Zapata (los Pacman, en el relato de entonces de Víctor Hugo), Fabián Basualdo, Loco Enrique, Altamirano y Medina Bello. En Boca, los elegidos fueron Giunta, Latorre y Batistuta. Y desde el Newell’s que dirigía Bielsa, se sumaron Gamboa y Darío Franco. El plantel también tomó forma con Sergio Vázquez (Ferro), Leo Rodríguez (San Lorenzo) y Turco Mohamed (Huracán). Mientras que Cholo Simeone (Pisa) y Caniggia (Atalanta) aportaron el despliegue del Calcio.

Cholo Simeone grita el primer gol de Argentina en el partido decisivo ante Colombia.

Basile acertó en las elecciones y a sus 11 de memoria sólo les hizo dos retoques con el rodaje de los partidos: las entradas de Altamirano y Leo Rodríguez por Loco Enrique y Latorre, respectivamente. En el cuadrilátero verde, la Selección tuvo solidez defensiva, toques prolijos para mover los hilos, cambio de ritmo y efectividad en la red. La primera fase llegó con un clink caja para el recuerdo. Cuatro triunfos en cuatro partidos. Tomó temperatura con el 3 a 0 a Venezuela y presentó sus credenciales de candidata con la victoria ante Chile 1 a 0.

Aquella noche, Batistuta demostró su potencia para superar defensores y contundencia a la hora de definir. Fue un gol con gusto a venganza, después del escándalo que el 9 había vivido en Colo Colo-Boca, por la Copa Libertadores. Ese éxito fue un impulso para el equipo argentino, que luego aplastó a Paraguay y le ganó a Perú con suplentes. Ya estaba listo el pleno de la ronda inicial. Se venía la definición del torneo, con tres partidos en cinco días. Sin descanso para el inconsciente y las piernas. Sin margen para las fallas.

La Selección entendió esa realidad y potenció sus mejores elementos. Sergio Vázquez y Ruggeri garantizaron firmeza en la cancha de arriba. Franco y Simeone empezaron y terminaron jugadas con inteligencia. Leo Rodríguez aportó asistencias deliciosas. Y en los últimos metros, Caniggia y Batistuta hicieron la diferencia. Así, la Selección hizo su ruta hacia la gloria. Primero, le ganó el clásico a Brasil. Más tarde, resistió el diluvio de Santiago y empató contra Chile 0 a 0. «Esa noche -recordó alguna vez Basile en El Gráfico– quedamos solos con Arturo Salah (técnico chileno) después de la conferencia de prensa. Y él me reconoció que la Argentina merecía ser campeón».

El título, finalmente, llegó con la victoria ante Colombia. Hubo sufrimiento sobre el cierre, por el toque de Valderrama, Rincón, De Ávila y Palomo Usuriaga, pero la Selección se quedó con la Copa América después de 32 años sin festejos. Fue el principio exitoso de este ciclo. Una corona justa por su estilo en cada partido. Y el grito sagrado para una nueva generación de nombres. Esa que tanto entusiasmaba a Basile: «Yo estoy copado con este grupo. Por todo. Por el fútbol que juega, por la forma de comportarse, por la humildad, porque nunca subestima a nadie».

 

 

 

 

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