MARADONA, LA GIRA PREVIA AL MUNDIAL ’90 Y EL SUICIDIO

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*Por Daniel Arcucci

A esa hora, poco después del mediodía, tras el almuerzo, la mayoría de los jugadores de la Selección Argentina dormían la siesta o, por lo menos, permanecían en sus habitaciones. El hotel que ocupaban ellos y nosotros, los periodistas que seguíamos la gira en el increíble pueblito de Thun, muy cerca de los Alpes suizos, estaba encajonado entre una tranquila ruta que serpenteaba hacia las montañas y un lago abajo que parecía pintado. No había mucho más que hacer allí que admirar el paisaje, mientras se dejaban pasar las horas hasta que llegara el día del partido contra Suiza, de preparación antes del Mundial de Italia ’90, en la cercana ciudad de Berna.

En eso estaba, haciendo nada o, en todo caso, agradeciéndole a mi profesión el estar allí, cuando desde uno de los ascensores, en la otra punta del salón, donde yo estaba plantado frente a los ventanales, apareció Maradona. Insólitamente solo. Cuesta explicar por qué puede resultar extraño ver a un hombre caminando solo, sin nadie alrededor, sin nadie hablándole, sin nadie pidiéndole, sin nadie saludándolo. No cuesta tanto si se aclara que a quien se está viendo se llama Diego Armando Maradona: esa escena puede ser incunable.

Cruzó el lobby y salió por la puerta principal. Lo seguí indiscretamente, como para no romper el encanto de esa imagen tan poco vista y, más que nada, para no interrumpir algo que, supuse, él estaba disfrutando. Pero cuando llegué al jardín de la entrada, él se había parado de frente al hotel, casi en el borde de la ruta por donde pasaban buses rojos silenciosos, las manos tomadas detrás de la cintura, la pera alta, la mirada arriba, como tratando de pasar por encima del edificio para ver el lago, del otro lado. Apenas tuvo que bajar la vista para verme, enmarcado por la puerta del hotel, a no más de 20 metros de distancia. “¿Qué hacés?”, me saludó. “¿Vamos a caminar un rato?” Por supuesto, fuimos.

La caminata -hacia arriba, alejándonos de Thun y metiéndonos entre casitas de montañas- fue matizada por varios comentarios de Diego que podrían haber sido título de tapa. “A este equipo le falta gol… ¿Sabés quién podría salvarnos? El Pelado Díaz“, me dijo, por ejemplo, y eso justo cuando en Buenos Aires se especulaba con que el riojano no estaba en la Selección porque Maradona no lo quería. Pero nada de lo que pueda haber expresado fue más trascendente y llamativo que lo que sucedía a su alrededor.

Muchas gente caminaba por allí. Pocos turistas, muchos suizos. Con algunos nos cruzábamos en las estrechas veredas de piedra, casi rozándonos o, incluso, cediéndonos el paso. Nadie lo detuvo. Nadie le pidió un autógrafo ni una foto. Quienes lo reconocían, muchos, lo miraban de reojo, con tanta discreción que él ni se daba cuenta. Quienes no, varios, por supuesto, ni le dedicaban una mirada a ese hombre vestido con un jogging turquesa y una remera blanca.

A él no parecía llamarle la atención esa tranquilidad: con las manos siempre cruzadas detrás de la cintura, seguía hablando, caminando sin apuro. Subimos todo lo que pudimos, siempre entre la ruta y el lago, y después emprendimos la vuelta. Volvimos a cruzarnos con gente y nada cambió.

Cuando llegamos al hotel había pasado casi una hora y Diego empezaba a bostezar. Antes de que se fuera para su habitación, y como él no hacía comentarios, se me ocurrió decirle: “Diego, la verdad, este sería un buen lugar para vivir… Caminamos una hora y no te molestó nadie, te tratan con un respeto increíble, tenés la montaña y el lago. Tenés todo. Habría que conseguir un equipo, nomás”. Antes de contestarme nada, Diego espió el lago por el costado del hotel. Justo llegaba un barco de paseo, atestado de gente tostándose al sol en la cubierta. Enseguida, observó la ruta, como siguiendo uno de esos buses rojos silenciosos que subía por los mismos lugares donde antes habíamos caminado. Entonces, sí, me contestó: “¿Estás loco, vos? A los dos días me suicido”.

*Fragmento del libro Conocer al Diego, Relatos de la fascinación maradoniana, escrito por Daniel Arcucci y publicado por Editorial Planeta

 

 

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