LOS HIJOS DE NUESTROS HIJOS PREGUNTARÁN POR ÉL

Al fondo de la red

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Por Santiago Tuñez

No hay palabras que definan este momento. No hay. “Murió Diego Maradona”, anuncian desde la televisión. Lo mismo informan en la radio. También en los diarios digitales, con letras impactantes. Y la primera reacción es el silencio. El ánimo sacudido por la noticia. Las lágrimas.

A los 60 años, Maradona dijo adiós. Un paro cardíaco puso fin a su vida terrenal. Ocurrió en una casa de Tigre, donde se recuperaba tras haber sido operado por un hematoma subdural en su cabeza. Quizás esa internación haya sido un aviso, como tantos otros, de una salud delicada. Pero Diego, quisimos creer, era inmortal. Nos devoramos ese amague.

Se fue Maradona. Ya era una leyenda, ahora comienza el mito. Los hijos de nuestros hijos preguntarán por ÉL. Por sus goles, su talento, su simbiosis con la pelota en cualquier estadio de la aldea global. Por las imágenes que relucirán aún más, las historias que se agigantarán, las frases personales que poblarán diarios, revistas, libros…

Cuesta seguir en el teclado mientras se lo llora desde lo más profundo de los sentimientos. Acaso, estas palabras del propio ex futbolista, dichas en la Navidad de 2015, sean el broche de un perfil futbolero genial. Único. Extraordinario. “Soy Diego Armando Maradona, el hombre que le hizo dos goles a Inglaterra y uno de los pocos argentinos que saben cuánto pesa la Copa del Mundo”. Y todo lo hizo sin armas en la mano. Sólo con un 10 en la camiseta.

 

 

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