EL GRITO FINAL DE BATISTUTA EN LA SELECCIÓN

No te olvidés

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Por Santiago Tuñez

El córner de la Brujita Verón viajó al segundo palo y el hombre de la melena dorada comenzó a moverse en el área. Corrió unos metros, se alejó de los defensores nigerianos y encontró el espacio justo detrás de Mauricio Pochettino. Y en el salto, le dio destino de red a la pelota. El grito de Gabriel Batistuta sonó en el estadio de Ibaraki y retumbó aún más en la madrugada de un país que navegaba en su peor crisis social y económica. Parecía, entonces, un gol más en la vida del 9 con la Selección. Otro autógrafo en el arco para aumentar sus cifras en celeste y blanco. No lo fue.

Aquel cabezazo de Batistuta contra Nigeria, hace hoy 18 años, significó su último gol con la camiseta argentina. Ocurrió en el estreno del Mundial de Corea-Japón 2002 y marcó el número final de una trayectoria impactante: 54 festejos en 77 partidos. Durante su ciclo de 11 años, el ex delantero tatuó una época en el seleccionado. Fue elegido por tres técnicos de estilos diferentes y compitió en momentos de peso. Siempre, con su potencia en los últimos metros. La contundencia a la hora de definir. Y la disciplina mental para imponerse a las miradas desconfiadas de rivales y compañeros.

El grito final llegó en un estadio de Japón. ¿Y el primero? En Santiago de Chile, al enfrentar a Venezuela por la Copa América de 1991. Aquella noche convirtió por duplicado y encendió el fuego de un torneo que, tres semanas después, lo encontró goleador (seis festejos en la misma cantidad de partidos) y campeón con la Argentina. Había llegado como parte del recambio iniciado por Basile, tras el adiós de Bilardo, y a un ritmo vertiginoso subió la temperatura de su dupla con Claudio Caniggia.  “¿Qué iba pensar en jugar en la Selección? ¿Se puede pedir algo más?”, decía por aquellos días en El Gráfico, mientras comenzaba a cocinarse su transferencia a Fiorentina.

En poco tiempo logró el cartel de capocannoniere con la Argentina. Y la Copa América de Ecuador, en 1993, también lo tuvo con un papel protagónico. Esta vez, por sus dos goles a México en la final. “En el primero no tenía más fuerza, pero pensé que era la última oportunidad y saqué todo junto. El segundo fue una jugada espectacular de Simeone y, por suerte, entró el zurdazo”, comentaba en Guayaquil sobre sus definiciones efectivas. Aquellas que le dieron a la Selección su último título oficial hasta hoy. “¿Viste cómo lo tiró al defensor mexicano? Es una fiera”, lo elogiaba Basile.

El Coco, se dijo, fue el DT que le abrió las puertas de la Selección. Y con los años, Batistuta fue elegido por otros dos entrenadores. Primero, por Daniel Passarella, que no lo había tenido en cuenta en River y lo llevó a una competencia constante con Hernán Crespo en el equipo argentino. Y más tarde, por Marcelo Bielsa, que lo conocía desde las inferiores de Newell’s. “Jorge, ¿qué le ve al gordo?”, solía preguntar el entrenador en esos tiempos. “¿No te das cuenta de que es un tremendo goleador?”, respondía Jorge Griffa, el encargado de las juveniles. Con los años, y sobre todo en el seleccionado, Bielsa entendió la voracidad goleadora de Batistuta.

Batistuta le pega desde fuera del área y convierte el segundo de sus tres goles contra Grecia en EE.UU. ’94.

Así como se adaptó a diferentes entrenadores, también lo hizo con sus compañeros. De entrada, Bati se unió a algunos símbolos del ciclo de Bilardo, como Ruggeri, Balbo, Caniggia y Maradona, con quienes jugó el Mundial de 1994. Más tarde, conservó su espacio en un plantel al que se sumaron la Brujita Verón, Crespo, Ortega, Gallardo y el Piojo López, entre otros nombres del recambio liderado por Passarella. Y en el cierre de su etapa en celeste y blanco, recibió asistencias de Pablo Aimar, que tenía sólo 11 años cuando el goleador vivió su estreno con el seleccionado.

En medio de las nuevas generaciones, el compromiso y la jerarquía de Batistuta fueron clave para adueñarse de la camiseta argentina. Lo mismo que para decir presente en tres mundiales. En dos ellos, incluso, se dio el gusto de convertir por triplicado: ante Grecia en Estados Unidos ’94 y Jamaica en Francia ’98. Los primeros tres goles, como dato de color, llegaron después de haber dormido con los botines puestos. “Me quedaban chicos y quería estar más cómodo al otro día. Los mojé y me los puse, a ver si se estiraban un poquito. A la tarde me quedaban chicos y al otro día, ya estaban bien”, le contó a la periodista Emilse Pizarro en 2018.

Su último gol con la Selección, ocurrido hace 18 años, parecía marcar el camino hacia el éxito en la Copa del Mundo. Nada de eso sucedió. Diez días después, la Selección quedó eliminada en la primera fase y Batistuta cerró su ciclo de una década. No era el final que merecía aquel equipo con cartel de favorito al título. Y menos aún, su número 9. El hombre al que sólo un tal Lionel Messi pudo superarlo como máximo goleador de la Selección. Nada más. Nada menos.

 

 

 

 

 

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