EL FUTBOLISTA QUE FRANQUEÓ EL MURO DE BERLÍN

No te olvidés

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Por Miguel Ángel Ortiz / Para Revista Panenka

Muchos períodos históricos han regalado novelas a los escritores que supieron leerlos. En el libro Mi siglo, publicado en 1999, Günter Grass relató ese siglo que agonizaba eligiendo un acontecimiento que resumiese cada año. El capítulo correspondiente a 1974, el Premio Nobel alemán decidió narrarlo a través del partido que disputaron la República Democrática Alemana (RAD) y la República Federal de Alemania (RFA), un choque tan peculiar como único en la historia.

El narrador de aquel relato, el fotógrafo Willy Brandt, trabaja como espía para la RDA, muy posiblemente para la Stasi. Tras ser detenido, sigue el trascendental partido desde su celda. Mientras las dos selecciones alemanas se disputan la victoria, Brandt no puede dejar de preguntarse: “¿A qué equipo había que alentar? ¿Qué Alemania ganaba? ¿Qué conflicto interno se desencadenó en mí?”.

El mediocampista Lutz Eigendorf, protagonista de la novela Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo, sufrió un conflicto de identidad similar. En el prólogo, Eduardo Verdú, su autor, confiesa que la idea de escribirla surgió a partir del artículo El Beckenbauer del Este cazado por la Stasi, firmado por José Manuel Comas y publicado en El País el 7 de marzo de 2013.

Ese día, Eduardo Verdú iba al entierro de su tío. De camino, leyó la noticia. Y ni tan siquiera la tristeza del sepelio consiguió quitarle de la cabeza la increíble, a la par que trágica, historia que acababa de leer. No era para menos: la vida del futbolista alemán Lutz Eigendorf, partida en dos por el Muro de Berlín, tenía todos los ingredientes de una gran novela.

Desde los 14 años, Eigendorf jugó en el Dynamo de Berlín. Mediados los ‘70, ya se había convertido en el símbolo del club. Un club presidido, en aquel entonces, por Erich Mielke, jefe de la Stasi. “La Stasi es la espada y el escudo del Partido -le confiesa Mielke-, pero tú eres la espada y el escudo del equipo en los partidos”. Todo indica que Eigendorf tiene una vida feliz en la RDA: es un futbolista de prestigio, felizmente casado y con una hija pequeña.

Después de su espectacular debut con la RDA, saliendo desde el para remontar dos goles ante Bélgica, sabe que le espera un futuro brillante. No en vano, a este lado del Muro lo bautizaron como el Beckenbauer del Este. Nada hace sospechar que, en la primera salida del Dynamo al otro lado para disputar un amistoso contra el Kaiserslautern, Eigendorf no regrese a la RDA. Pero así sucede.

Después de huir al otro lado del Muro de Berlín, Eigendorf jugó en el Kaiserslautern.

Una de las razones es que la Oberliga está amañada por la Stasi para que el Dynamo se proclame campeón a base de favores arbitrales escandalosos . Eigendorf sueña con jugar en la Bundesliga de Rummenigge, Breitner o Keegan, probarse en un fútbol más técnico y táctico que físico, jugar en grandes estadios repletos de hinchas. Quiere disfrutar del dinero, comprarse autos de lujo, ropa elegante, una casa grande. A pesar de que su vida en la RFA mejora en ciertos aspectos materiales, le espera el mismo destino que al personaje de Günter Grass en lo referente a su vida emocional.

“Medio Lutz Eigendorf se quedó en Berlín arropando a su hija con pájaros de colores -escribe Verdú-, haciéndole el desayuno a una rubia aún dormida, sacando del centro en el Sportforum Hohenschönhausen”. El otro medio, como muestra la novela, convivió con ese fantasma hasta su último día.

“Hitler poseía un agente de la Gestapo por cada 2.000 ciudadanos y el KGB, uno por cada 5.830”, dice Verdú. “El espionaje interno de la Stasi era claramente el más efectivo de la historia con una red de 85.000 espías domésticos a tiempo completo y unos 170.000 voluntarios”.

A los destinados a conquistar a las mujeres, los denominaban Romeos. Uno de ellos enamoró a Gabrielle, la mujer de Lutz, hasta el punto de que solicitó el divorcio, se casó con él y tuvieron un hijo en común. Al otro lado del muro y las alambradas, los teléfonos de Eigendorf estaban continuamente pinchados, por todos los rincones de su casa había micrófonos y cada uno de sus pasos durante las temporadas que jugó en el Kaiserslautern y el Braunschweig fueron minuciosamente vigilados.

Lesiones, desamores, noches de alcohol y mujeres, melancolía, algunos goles marcados y muchos recibidos se van sucediendo en la novela hasta que Eigendorf sufre el conocido “accidente” automovilístico que acabó con su vida. Como contó José Manuel Comas en su artículo, el reportaje Muerte al traidor publicado en el año 2000, reveló informes de la Stasi donde se descubrió que “el futbolista —internacional seis veces con la RDA— fue víctima de un comando especial encargado de sabotajes y homicidios “en territorio enemigo”.

Lutz Eigendorf tenía 26 años, y una prometedora carrera futbolística en el horizonte. Aún soñaba con traer a su ex mujer y su hija a ese lado del muro. Todavía soñaba con un mundo más libre y justo.

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